El Marine y el Gato

Jeremy Smith malvive en el Parque del Golden Gate en San Francisco.   Sus 75 años le pesan más en el alma que en el cuerpo.   Nació en Oakland, California; familia protestante,  padre alcohólico,  madre peluquera amante de los concursos de belleza.  Ambos escasos de luces.     Jeremy recuerda con frecuencia momentos felices de su niñez en los que todo parecía posible.    El mundo en el tráiler park donde vivía era un compendio de aventuras, chismorreos, pequeños hurtos, broncas y alguna paliza inmerecida cuando su padre se encontraba bajo los efectos del alcohol.     Nada diferente del resto de sus amigos.  En lo compartido hallaba consuelo.  Como quien intercambia cromos, ellos comparaban el muestrario de lo que llamaban “marcas de guerra”.   Morados, azules, amarillos, verdes, sangrientos o abultados.   Cada uno tenía su clasificación.    Sangrientos era el top y la escala disminuía en función de la tonalidad de la piel.     Jamás se cuestionó aquellas palizas, formaban parte de su modus vivendi. 

Se fumó la adolescencia adormecido entre los vapores de la marihuana.   Aunque experimentó con el LSD y el ácido,  no le gustaron aquellos horripilantes viajes astrales y prefirió quedarse con las risas, la calma y el apetito que le proporcionaba la hierba.     Como era atractivo y muy sexy,    disfrutaba de una excelente reputación que le mantenía sexualmente activo y emocionalmente despistado.     Tenía dos pasiones: las series de televisión donde los héroes americanos conquistaban el mundo (y el bueno siempre ganaba) y, Garfield, un gato roñoso que rescató de un cubo de basura y le otorgó durante varios días el primer puesto en la clasificación de las palizas.   Su progenitor detestaba los gatos.  

Jeremy tenía una visión del mundo muy California in the sixties.  Pasar horas al sol,  soñar que vencía a los malos, quedarse con la chica más guapa, fumar hierba con frecuencia y algún día, con un poco de suerte, abandonar el tráiler park.     

La oportunidad se presentó cuando el ejército inició una campaña implacable de reclutamiento.   “Be all that you can be, join the army”.   Jóvenes atléticos, bronceados y atractivos vestidos con uniformes llenos de estrellas y botones dorados.   Portadores de ametralladoras, pilotos de jets supersónicos, moviéndose sigilosamente por destinos exóticos y volviendo siempre, siempre, con la victoria en sus manos.      Se alistó sin pensar ni por un momento lo que aquella decisión le haría a su vida. 

De la noche a la mañana se encontró en un campo de batalla, plagado de mosquitos, a 42 grados de temperatura, con un fusil que pesaba mucho más de lo que jamás pensó, hambriento, cansado y asustado.  Las órdenes eran tan claras como despiadadas: matar vietnamitas.   Daba igual que fuesen niños, abuelos, mujeres o guerrilleros. Objetivo: Exterminarlos.       Lo que al principio encajó muy bien con su idea de la justicia,  se derrumbó estrepitosamente el día que tuvo ante si a una niña semi-desnuda y asustada cuya mirada le perforó el alma.  Sencillamente: no pudo disparar.   

Atiborrado de drogas y buscando sobrevivir, a ratos se escondía y a ratos disparaba sin control cargándose a todo aquel que no fuese un compañero.  Con la misma velocidad que aniquilaba personas se hundía en el abismo del que ya nunca más volvería a salir.    

Regreso a la patria.  Discurso del presidente de turno.  Medallita en la solapa.  Olvido total de parte de esa sociedad que tanto ama a sus héroes y olvida a sus veteranos.   Pesadillas impresas en el subconsciente que le acompañarán hasta la tumba.     

Y a pesar de todo,  persiste un atisbo de ternura en este detritus de la sociedad.   Una techie millonaria le regala una soleada mañana de primavera un gato al que llama Friskies.    Ese animalito cariñoso y dependiente al que ama más que a su vida, abre una puerta a la redención de sus pecados.   Su mundo es su gato.  Peinarle, gastar las limosnas en latas de Petit Cuisine, permitir que los turistas le fotografíen, pasar los días al sol intentando olvidar.   Jeremy,  el marine de otros tiempos,  sonríe para la foto.  

Sus ojos no mienten,  cuentan una historia que alguien presentará en una clase de narrativa muchos años después.   

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