Diario de una joven de mediana edad

Escribirme a los 60 me sitúa entre lo bochornoso y lo cómico.   La palabra DIARIO me lleva a los quince años:   querido diario,  si Carlos Mario no me devuelve la llamada no merece la pena seguir viviendo.   

¿Qué se escribe una a una misma cuando ya se han tenido tantas conversaciones íntimas?  ¿qué reflexiones me hago cuando tengo la impresión de haberlas hecho todas? ¿qué comparto que no me avergüence,  qué sea relevante, trascendente, que merezca la pena ser leído? 

Examino varias posibilidades.   Puedo inventar un escrito totalmente rocambolesco extraído de los muchos años que trabajé en hoteles,  también podría dar un tono trágico y profundo a mi redacción o por último, podría aprovechar y, ya puestos, intentar escribir una página de diario real y sincera.    

Voy a por la última opción.   

Son las diez de la noche de un día plagado de sobresaltos.   El gimnasio ha sido un buen comienzo, o eso creía yo, hasta que la espalda me ha dado un tirón mientras nadaba.   No es lo mismo un calambre en la pierna que un lumbago repentino en medio de la piscina.  Salir del agua doblada de dolor ha resultado, además de humillante, muy doloroso.   Al llegar a casa me he tomado un Voltarén Forte,  soy enemiga de los laboratorios farmacéuticos pero, hoy he bendecido secretamente a quien inventó ese medicamento. 

Cuando se me ha pasado el dolor, he salido a la calle llena de energía, lista para ir a una reunión de trabajo.    Después de 10 minutos esperando sin que pasara ningún autobús conocido,  un amable caballero me ha explicado que esta semana han cambiado las rutas,  de los tres autobuses que habitualmente cogía, no han dejado ni uno.   Me ha entregado un folleto que seguramente ha diseñado un Milenial. Ni con las gafas soy capaz de ver el recorrido y mucho menos las paradas de las nuevas rutas.  Llego tarde a mi reunión. 

No hay problema, los demás tampoco han llegado. Me pongo contenta.  Al menos podré poner cara de “ya os vale, llevo aquí media hora”.    Pido un café con leche.  No tienen leche vegetal.  Un hotel de cinco estrellas que no sirve leche vegetal.  ¿En qué año viven?  

Termina la reunión.   Salgo pitando a Apple,  tengo una clase de informática.   Quiero que me expliquen que otras cosas hace el Ipad,  era de mi marido y yo solo lo utilizo para mirar el Netflix pero,  asumo que tiene un gran potencial y me da un enorme fastidio leerme las instrucciones.  Es como si el aparato que tengo y las instrucciones que leo no tienen nada que ver.   Presione la tecla con el asterisco doble, ¿qué asterisco doble? Deberían multarles por no comprobar la efectividad de esos manuales.    En la clase somos 10 senior citizens,  me siento ridícula.  ¿Qué hago yo entre toda esta gente cuando trabajo con ordenadores desde los 20 años? La clase resulta decepcionante.  Abuelas que quieren guardar fotos de sus nietos, que no entienden que es eso de la nube. La mitad no oye, la otra mitad no escucha,  todas hablan a la vez,  secretamente admiro al rastas que da la clase.    Acabo riéndome con estas mujeres que, a pesar de sus achaques, ahí están, cargadas de energía y con ganas de aprender.  Termina la sesión.  Recojo. Salgo pitando.   

Me siento a degustar una barrita de alpiste sentada en un banco de la Rambla Cataluña mientras veo pasar a la gente.  Abro mi mochila, saco la barrita, saco el Ipad, meto la mano para buscar las gafas y, ¿qué demonios? como si fuera un mago, saco otro Ipad que, evidentemente, no me pertenece.    Por unos segundos me debato entre el estupor, el desconcierto y la vergüenza.  ¿Cómo ha podido pasar?    Salgo disparada,  Rambla Cataluña hacia abajo,  llego a Apple.  Se ha montado la de Dios,  están mirando en las cámaras quien ha sido el desalmado que le ha robado el Ipad a la abuela. Se barajan varias hipótesis.  Los de seguridad están entusiasmados.  Devuelvo el Ipad.  Me aplauden. Salgo roja como un tomate, enternecida aún por el abrazo cariñoso de la buena señora a la que sustraje el aparato.  Gracias por devolvérmelo, me dice.  Como si en algún momento yo hubiera tenido la intención de quedármelo y me hubiese arrepentido después.   

Me subo al autobús, me voy a casa, el resto del día me quedaré recluida, leyendo.  Por un día ya he tenido bastantes emociones.  

¡Feliz viernes!

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