Seductores – Relato Breve

Photo by Ben Rosett on Unsplash

Sentado en lo que consideraba el trono de su reino,  Don Rodrigo Álvarez del Castillo  pasaba de hablar con dulzura a un desenfreno colérico similar al de un animal rabioso.  Era un maestro del desconcierto que llevaba a todos sus directivos de cabeza.   Nunca sabían porqué, cómo,  ni cuándo la bomba de relojería que era su carácter podía estallar.   

Su despacho era un ejemplo de ostentación sin límites.   Había logrado mezclar con destreza mobiliario clásico de buen gusto, cortinajes y alfombras de exquisita calidad (así lo demostraban las facturas),  cuadros de pintores famosos y una luminotecnia que cambiaba según el momento. Controlaba desde su cuadro de mandos la intensidad de la luz dependiendo de la atmósfera que quería crear.   Si la iluminación era tenue y cálida,  el visitante podía respirar tranquilo, al menos durante un rato, aquello significaba que estaba de buen humor. Por el contrario,  si era blanca, brillante y fría,  quien quiera que fuese convocado al despacho podía darse por hombre (o mujer) muerto.  

Había hecho instalar,  en uno de los pulidos paneles de caoba de su guarida, diez pantallas gigantes de última generación en las que proyectaba de forma simultanea los valores del Nasdaq, de las bolsas de Wall Street y Londres, la temperatura en las capitales más importantes  y las noticias de la NBC, ABC y AL JAZEERA.    Impactaba entrar allí.   El visitante tenía la sensación de encontrarse en otra dimensión,  un lugar entre el Palacio de la Zarzuela y la Nasa.   Don Rodrigo experimentaba un orgasmo mental cada vez que alguien accedía a su despacho y quedaba,  sin poder evitarlo,  boquiabierto.  

Disfrutaba instaurando el terror durante las reuniones semanales a las que convocaba a su equipo.   Nadie sabía si saldría indemne de aquella experiencia porque, lo que detonaba a Don Rodrigo era un misterio para todos, incluido él mismo. ¡Es usted un imbécil sin remedio! ¡En mi vida he visto un inútil más grande! ¡Jesús! ¡¿Qué voy a hacer con tanta incompetencia?!  Eran algunas de las frases que pronunciaba con mezquina generosidad durante aquellas interminables asambleas.

De la misma manera que se comportaba como un lunático desatado podía transmutar en un ser fascinante y seductor.   Tenía un poder al que todos sucumbían: DINERO.   Era magnánimo y eso le ganaba fidelidad y  devoción en igual medida que terror y odio.   El amigo dinero era el compañero fijo de Don Rodrigo.   Si quería lograr algo pagaba más,  y más,  y más hasta que la persona no podía resistirse y accedía a sus delirantes peticiones.  También se prodigaba en regalos extraordinarios:  un Rolex de oro, un collar de diamantes comprado en la mejor joyería de Madrid,  un Porsche.   Todo era poco cuando decidía cautivar a su presa. 

Banqueros, proveedores, clientes, trabajadores, parientes;  todos, absolutamente todos, se rendían ante aquella abundancia de recursos mientras aguantaban estoicamente los insultos, los desplantes, las mentiras.  Caían como moscas en su red.  No se le resistía nadie.   DEMENCIAL. 

Maniobraba con maestría a los ejecutivos del SWISS BANK.  Vestido con su traje de Armani Privé, luciendo un Breitling de oro macizo,  solo podía adquirirse  por encargo, calzando unos magníficos zapatos hechos a medida en Saville Road,  blandiendo una sonrisa resplandeciente, el cabello perfectamente engominado;  a los pocos segundos de haberle conocido,  les tenía jadeando a sus pies.   Su baja estatura pasaba inadvertida porque,  como algunos insectos fascinantes, sus tácticas para deslumbrar eran extraordinarias.   Les mareaba con menús degustación,  previamente maquinados con el Chef,  a fin de que la cantidad ingente de mantequilla y calorías les sumiera en un sopor del cual les resultaba imposible escapar.    Regaba la comida con los vinos y licores más exquisitos de la bodega.  Les instalaba en las suites de lujo del hotel, incluía masajes orientales con las chicas más sexis del spa.    Cuando llegaba la hora de firmar los préstamos, ninguno de ellos se resistía.  El dinero llama al dinero,  debían pensar aquellos recientes e ilusos portadores de inútiles MBA’s.   Incautos aprendices de brujo que otorgaban préstamos a ladrones de guante blanco faltos de escrúpulos.   Aprobar,  firmar,  sin sospechar.    El despliegue de encanto era indefectible a la hora de lograr lo que se proponía.   La estupidez humana no tiene límite cuando la mano de la codicia le acaricia la piel.   

Y así por mucho tiempo.  

Años más tarde descansa sus viejos huesos en una cárcel desprovista del lujo y la ostentación en los que tantos años vivió.    De poco le sirvieron sus argucias.  Al final la justicia le alcanzó aunque,  se le puede imaginar seduciendo a sus guardianes,  maquinando su próximo movimiento, esperando el momento preciso para volver a atacar  y mientras tanto pensando:  ¡Pringaos! ¡Que me quiten lo bailao!  

¡Feliz domingo!

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